Microrrelato de terror improvisado
Hay días cálidos y días fríos, demasiado fríos...
Yo solo llamé a Andrea porque quería saber como seguía; no puedo concebir como se debía sentir mi pobre hija en ese inacabado momento de tensión en el que la había casi dejado por completo el hombre que me había dicho era el amor de su vida.
Minutos antes de llamarla sentía un frío espantoso, como si estuviera en alguna zona muy alta de Tilarán recibiendo ondas y ondas de mucho viento frío. Como es debido y lógico me levanté por un abrigo grueso de lana y aún nada, iba poco a poco calentando, pero mis pies seguían fríos. Era una sensación como si mi presión sanguínea hubiese bajado de pronto, debía ser por mi angustia...
Ella tenía al menos una hora de haber salido de casa y no había emitido ni un mensaje. ¿Dónde estará? Tuvo un problema fuerte con su novio y solo dijo que se verían en la esquina de nuestra calle para hablar un poco y volvería, pero nada; al asomarme para ver si allí estaba, pude darme cuenta de que no era así.
Ya no podía con el frío extraño y mi otra hija me detuvo para decirme que realmente estaba tan blanca como una cala, toda como un alcatraz. Fue allí cuando decidí pensar que efectivamente lo que estaba sintiendo era una corazonada, una muy mala, que me estaba extirpando el corazón.
Tomé mi teléfono para llamarla y al primer timbre: ¿Sí?
Nunca antes me había contestado tan rápido. Le pregunté azorada que cuál era el motivo para no regresar al instante, que si no había visto la hora, que si no pensaba en mi agonía, que dónde era que se encontraba, a lo que me contestó de manera muy tranquila con una risita chillona; -Debería darle igual donde me encuentre (empieza a llorar), -Ya son casi las 11:00 de la noche ¿no siente pena de molestar a estas horas?, ¿es que acaso no se ha dado cuenta de con quién está hablando? En fin, ha sido un gusto conocernos, dejo saludos, quizá nos veamos pronto, quizá muy probablemente nunca.
No entendí absolutamente nada. Me habló con su voz que escuché evolucionar desde su corta niñez con un lenguaje tan sublime e incomodo como si realmente no me conociera. Fue el instante en el que supe que todo estaba mal. Llamé a su novio y en ningún momento de esa noche quedaron de verse, en realidad él realmente la había dejado...
Cuando mi pecho ya estaba por detonarse, los pasos de mi otra hija llegaron hasta la instancia en la que me encontraba, llegó realmente agitada y sollozando con el teléfono de mi hija desaparecida, no podía creerlo, el teléfono estuvo todo el tiempo aquí dentro. Ella me dijo: -¿Cómo es que hablaste con Andrea si dejó su teléfono aquí?... Y no parábamos de temblar.
Han pasado 15 años, Andrea nunca volvió, pero si llamo a su celular contestan al primer timbre... y se burlan de mí.
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