Arrebol

 "Que extraño es que creamos que no hay alguien dispuesto a hacernos daño sin importar la ley, como si no hubiesen personas desquiciadas y hartas de todo, ojalá nunca topemos con alguien dispuesto sin importar nada."


    Miriam caminaba nerviosa, como siempre, porque andar a las 2:00am o las 11:00pm es ya lo mismo que andar sola a las 5:00pm o 10:00am; el peligro existe siempre. Sus nervios se debían a que hace unas dos semanas se quedó con la mirada pérdida mientras cruzaba una calle del centro de su ciudad. El hombre que estuvo a punto de lanzarla por los aires le dijo todo tipo de ofensas y maldiciones, con toda razón. Fue su culpa, pero a la vez no fue su culpa. No es como que alguien desee que un extraño en su automóvil le frene a escasos centímetros y le recuerde lo muy miserable que es o que puede estar siendo. 

    Esa situación la tenía muy nerviosa, porque nadie la había tratado tan mal en sus 27 años de vida, además de que parecía que en cualquier momento se iba a bajar a golpearla y así de atónita como ella estaba lo estuvo la gente a su alrededor, quizá siempre recuerde ese momento tan terrible. Seguía andando, pensando que realmente ese recuerdo iba a permanecer por años en ella y siempre iba a conservar ese temor a cruzar calles sin semáforo, pero realmente ese temor no era nada comparado al horror que estaba a punto de vivir. 

    ¿Imaginamos realmente todo lo peor que podrían ser las cosas, las situaciones? Miriam tenía absolutamente concentrado su temor y sus pensamientos en el hecho de cruzar las calles como si se hubiese transformado en una fobia. Pero claramente existen peores situaciones, claramente hay momentos más difíciles comparados a que un hombre maleducado humille a una joven en plena vía pública. 

    Gastón era un ser miserable e infeliz. Despedazado desde joven por el odio a sí mismo y a sus cercanos. Todo se debía, o al menos en parte, a un padre agresor y a una madre ausente. Vivía con una tía que, después de veinte años de verlo convulsionar por sus ataques de pánico, no sabía que más hacer que darle té de tilo  y decirle que todo aquello era falta de Dios. Su tía lo atribuía a que su hermana y su cuñado nunca lo hubieran bautizado, y luego de la muerte de estos, era él quien se negaba a recibir el sagrado sacramento. 

    En los pocos trabajos que tuvo en su vida fue objeto de burlas de parte de sus compañeros por nada y por todo, por su aspecto físico, por su forma de caminar, por lo mucho que tartamudeaba, y porque de vez en cuando se lo encontraban llorando en alguna bodega y "llorar no es de hombres". La mayor cantidad de personas que llegaban a su vida lo reducían a una simple escoria, como si fuera un ser que no merecía ni siquiera un abrazo o un ¿estás bien? La tía le ofrecía por lo menos tres rosarios por semana, cuando lo que más necesitaba era un beso o un poco de cariño. 

    Lo que llevamos dentro, muy dentro, termina siendo tan fuerte que invade en algún punto nuestro exterior y nos vemos como realmente estamos sufriendo, sucede en los casos más extremos y a Gastón eso le estaba sucediendo. Tenía 30 años, pero se veía como un hombre de 50. Era alto, pero jorobado y de brazos largos, sus ojos estaban adornados de su premio al insomnio: unas grandes ojeras violáceas como si lo golpearan todos los días. Unos dientes con sarro por la falta de higiene y una que otra marca en los nudillos de cada que golpeaba la pared por la impotencia de encontrarse viviendo. Su odio reprimido era grande e iba destinado a tantas personas en su historia que jamás habría podido ir a dañar a una por una. Necesitaba un desahogo y un adiós. 

    Para algunos seres humanos de la historia la ley no ha existido, pero no porque no esté en medio de la sociedad, sino porque metafísicamente hay una parte nuestra que sabe que la lógica y el sentido común pueden dejar de existir. Que extraño es que salgamos a la calle creyendo que no hay alguien dispuesto a hacernos daño sin importar la ley, como si no hubiesen personas desquiciadas y hartas de todo. Cuando alguien camina detrás nuestro, cuando alguien nos insulta y parece que va a darnos un golpe, cuando se piensa en la posibilidad de que alguien nos quiera quitar la vida, casi que por sobrevivencia recurrimos a pensar en la ley. Nos sentimos amparados por una serie de códices y reglas que pueden no significar nada para un alma violenta y exhausta de guardar sus horrores. 

    Se podía ver el hermoso arrebol de la tarde, era casi naranja, más bien era casi rojo. Miriam miró su reloj: 5:23pm. No había nadie en esa calleja sucia del cementerio. 

    Gastón lloró todo lo que pudo, lloró por todas las veces que no lo hizo antes, lloró porque no lo hubieran bautizado de bebé, lloró por su tía que había sido la única que, aunque con más lástima que amor, se había encargado de él, lloró por el cuchillo que estaba tomando, lloró por lo mucho que le dolía no haberse defendido antes cuando lo llamaron adefesio, lloró por todas las mujeres que lo rechazaron y los hombres que lo rechazaron también, lloró por no sentir que perteneciera a ningún lado y salió de su casa. Eran las 5:09pm.

    Miriam eligió esa calle para llegar a su casa debido a que era larga, no tendría que estar haciendo cruces y eso la mantenía más tranquila al menos hasta llegar a la próxima esquina. Iba pensando en lo bello de ese atardecer y se decía para sus adentros: - Si tan solo no estuviera este horrible cableado tomaría la mejor foto de este espectáculo. Y siguió en camino, no faltaba demasiado para llegar a la esquina... 

    Caminaba decidido a proyectar en alguien todo lo que estaba sufriendo. -¿La cárcel? No me importa, desde ahora nada me importa. Caminaba a zancadas, pensaba interceptar a alguien en cuanto pudiera, lo malo es que vivía muy cerca del cementerio y por allí casi no pasaba nadie, solamente los carros por aquella ancha carretera, casi nadie pasaba, pero esa tarde... 

    Miriam estaba tan cercana a la esquina e iba tan concentrada en lo bien que iba a intentar cruzar aunque no hubiera semáforo que no dejó que su instinto se activara. Ese instinto que poseemos cuando sentimos que alguien o algo nos observa o nos sigue, o nos quiere matar. Gastón estaba casi corriendo, es más, iba corriendo y para cuando Miriam se percató ya tenía el acero inoxidable dentro de su carne como un invasor. En el mismo momento en que ella lanzó un alarido agudo al viento, Gastón gritó tan fuerte como pudo. Fue un grito de agonía, parecía imitar a un gladiador cansado que por fin lograba herir al león. 

    Los carros comenzaron a parar y solo un valiente hombre logró reducir de una patada en el rostro a ese viejo de 30 que parecía de 50 y que le había dado 20 puñaladas al cuerpo de la miedosa joven. No quedó inconsciente por el golpe, pero se dejó caer en la acera mientras lloraba amargamente todos los años que no había deseado vivir. Le quitó eternamente el miedo a Miriam de cruzar la calle, ya no iban a sudar sus manos al ver que no había semáforo. Ya no tenía que buscarle explicaciones a nada más, dormiría eternamente sin preguntarse porqué las personas en las calles no pueden ser amables. 

    Ese arrebol fue el último que vio Gastón también. El cielo ya estaba casi oscuro, iluminado por las luces de la patrulla policial. Eran las 5: 44pm.  

    


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