Por un pan
Me da tanta vergüenza escribir sobre Ignacio, sin haberle conocido nunca. Sin saber si es este su verdadero nombre o se lo puso alguien más en la calle. Ojalá me perdone por atreverme a escribir sobre él sin que siquiera exista, pero ¿cómo no escribir parte de su historia si se asemeja a la de tantos otros? Con frío, con hambre y con sed, sin cobija, sin cartón, sin abrazo.
Ignacio no sabe ni como llegó a ese extremo, cuando pudo entrar en cuenta de la flagelación de su alma ante el hambre y su cuerpo sin bañar en medio de la Avenida Central, ya no había más que hacer. A veces se acordaba de algunos de sus familiares, más cuando a algunos y algunas les podía ver pasar de largo por la avenida, así sí, mientras lo ignoraban. ¡Cuánta rabia sentía! Le habían dejado solo.
¿Han notado el reflejo instintivo de querer todos los días regresar al hogar? Cuando la incomodidad o el dolor del día nos apelmaza, esperamos regresar a casa, pero Ignacio dejó de hacer eso, porque ya no podía. ¡Ayy Ignacio, ojalá recordaras porque ya no tienes un puerto seguro al que volver! Ignacio no recuerda como es que dejó de ver a su esposa y a sus hijos. Lo último que recuerda antes de que lo atropellara un automóvil es ver a su familia llorar luego de ser desalojados de su propio lecho.
Desde ese día, solo una vez más logró ver a uno de sus hijos luego de despertar entre los fríos cartones, pero de seguro estaba tan tan tomado que le debió tratar brusco y solo logra sentir a veces el empujón que le dio y las hirientes palabras, ¡quítese viejo, que usted nunca fue mi padre! Sé que Ignacio añora mucho en este mundo, además del pan dulce de la panadería que siempre lo saca del establecimiento. Vive con el dolor de no haber sido un padre, un hijo, un trabajador, un ser humano mejor y ahora su familia y la sociedad le han hecho entender que ya el arrepentimiento no sirve para nada.
Alfonso y su esposa pasaban por la avenida en uno de esos días fríos que humillaban a todos los habitantes de la calle que no tenían a donde ir y se toparon con Ignacio, de barba larga, de rostro árido y acongojado; él mismo que después de 15 años de su tragedia, seguía recordando lo que fue de su vida antes de la calle. En lo que seguían cerca de él, le escucharon decir; "No no, santo Dios, ¿cómo va ser?" acompañado de un montón de lágrimas que empezaban a correrle por ese rostro que antes sonreía apostando, que era árido. Comenzó a llorar como un "carajillo" de brazos porque había comenzado a llover y ya no tenía cartón para taparse.
Luisa le pidió a Alfonso que hicieran algo por "ese señor". Ella le habló y solo sintió temor de que una mujer decente le hablara. Aunque fuera mucho mayor que la señora Luisa, se sentía como un niño rescatado cuando ella y su esposo Alfonso lo montaron a su carro para ir a regalarle una buena sopa en su casa. ¿Sopa? ¿Pero cómo es eso? ¿Estaré borracho? Nadie, en sus quince años en las calles de San José, le había ofrecido una sopita de pollo y mucho menos en su propio hogar, un hogar, como el que una vez tuvo.
Llegó por fin a la casa de los dadivosos seres humanos a los que se les estrujó el corazón con su llanto tendido. Al cabo de una hora tenía frente a sí una taza bien grande de sopa y no podía, no sabía como hacer para alternar entre el llanto y la comida. El matrimonio le regaló tres cobijas gruesas, unas botas, una bolsa que parecía querer escupir las frutas de lo llena que iba y una que otra prenda para que se le espantara el frío por un tiempo. No podían mantenerlo entre sus paredes, pero fueron proveedores de una felicidad y ayuda que no recibía en años con una compasión que probablemente nunca había sentido en su vida. Le dijeron que lo podían regresar al lugar donde él estaba o llevarlo a un refugio que conocían, pero quizá con orgullo dijo; "Te agradezco hermano, pero soy de la calle".
Ya casi que se iban de nuevo, para dejarlo con todo lo regalado a la avenida, o por lo menos cerquita, cuando Ignacio vio un billete mal puesto y pudo más el deseo del pancito de la panadería de la esquina que el agradecimiento. La codicia, el hambre para los próximos días lo cegó y Alfonso, que sí que no estaba ciego, lo vio. ¡Ayy hombre, qué tirada como agradece usted! La desilusión de Alfonso casi casi se convierte en ira, pero Luisa, desde que se casaron, es la paz de su vida y afortunadamente estaba allí. Pudo convencerlo de dejar pasar el desaire, pero no de llevar de nuevo al lloroso Ignacio a aquella calleja sucia.
Ni él podía creer lo que había hecho, sentía como si existieran niveles de vergüenza y él estuviera en el máximo. Mordió esa mano, esa misma que le dio de comer la sopita que le dejó bien lleno ese estómago solitario. Ahí se fue Ignacio desde Tres Ríos hasta la avenida, pensando que de seguro algún día llegaba, porque de tanto golpe de la vida, hasta le dolía caminar. Y así caminaba errante, después de que falló sin fallar, de que ofendió sin ofender, luego de que murió sin vivir...
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