La apresurada carta de un muerto.

Corriendo mientras las lágrimas me manchan las rosadas mejillas escarchadas de pecas, le persigo porque me niego a creer que vaya lejos, consciente de que los pies ya no soportan el talante golpe de ese trote tan profano, a sabiendas de que el tórax ya tenía vida propia por mi alarido entrecortado gracias ese gran cansancio y el miedo a que, al paso que llevaba, no pudiera alcanzarle de nuevo y finalmente la perdiera, como lo he hecho una y otra y otra vez, pero algo pasaba, en esta ocasión no era igual, y este cansancio no era el mismo de ayer.
¿Le habré dicho lo suficiente cuánto le amé? Bueno, lo amo, porque si la llego a alcanzar no tendré que inventar palabras de despedida o, al menos ¿Podré decirlas? ¿Por qué me arrebataron así de allí? De donde soy, era, de donde fui. No quiero llanto aquí porque si me dan el instante más etéreo de mi vida, me quedo con ustedes, no sé aún si me quiero ir.
Estoy corriendo tras ese ultimo aliento, tras esa última sonrisa que di, que regalé, que soñé y que volví real. Están mis piernas dando toda mi velocidad mientras persigo el último abrazo que di, ese último consejo, la tarde de estudio que fue eterna, las fotografías que mostraban rostros risueños y momentos de encanto, la comida que disfrutaba y los aromas que me hacían estar de buen humor.
No voy a parar de correr hasta que pueda ver a los ojos al último momento en el que baile, reí, canté o lloré, pero ¿qué pasa si ya logro sentir que es imposible alcanzarlos? ¿Cómo es que aún aquí, en este plano, no se puede devolver el tiempo? Así y con mayor fuerza grito a todos que son importantes, que no les amo sino que les estoy amando y me dedico a romper todos mis esquemas con tal de hacer lo que desee hacer.
Un intento más, no me quiero ir sin alcanzar mis últimas tardes de canto y las noches frías o bochornosas donde escribir era la mejor opción, al menos quiero alcanzar todo lo que viví, abrazarlo y decirle que soy producto de eso y que ¡gracias!, aún y si no puedo volver en el instante etéreo que me regalaron, podría tomar entre lo que quede de mí, a lo que fue de mí; porque no somos la carne que nos viste los huesos, somos la historia que hicimos con el inefable momento que nos permitieron para haber estado, donde estuvimos... No en un lugar, sino en nuestra propia alma y en la de otros.
Aquí aprendí que no soy perdedora por no haber dado aliento de nuevo, por no alcanzar la vida otra vez  y volver a lo que como coloquio llamamos "normalidad", di de mí ahí y lo que quién sea hizo por mí se queda conmigo, eso si se queda de este lado.
Ya no hay vida conocida y no fue como las tardes después de visitar a la familia, donde todos recibieron un abrazo y beso de despedida de mi parte, espero y no parezca irrespetuoso que no dijera al menos "nos vemos pronto"; yo tampoco sabía que ya era hora de correr hacia un infinito como este, ¿qué no habría hecho antes, de haberlo sabido?.
No logré percibir el momento del adiós, de seguro es porque nunca hay un adiós definitivo, ojalá sea porque el alma no sabe olvidar, porque como sea y donde sea, les llevo conmigo.

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